El pasado 24 de junio de 2026, tras el fuerte "doblete" sísmico que sacudió al país, una frase se repitió en las redes y en las calles: «Menos mal que en Venezuela no hay tsunamis». La afirmación resulta tranquilizadora, pero no es correcta.
Pocos días después, el Diario El Tiempo de Puerto La Cruz publicó un artículo titulado «¿Por qué en las costas de Venezuela no se puede originar un tsunami?», basado en la opinión de una ingeniera geofísica. Sin embargo, la geología y nuestra propia historia cuentan una realidad muy distinta.
Lejos de querer alarmar, entender por qué nuestras costas (especialmente en el oriente y centro del país) sí están expuestas a estos fenómenos, y que estos ya han ocurrido en el pasado, es el primer paso para construir una verdadera cultura de prevención.
¿Por qué existe el mito?
La creencia de que en Venezuela no pueden producirse maremotos o tsunamis nace de una interpretación simplificada de la tectónica del país.
El argumento suele ser el siguiente: mientras que en países como Chile o Japón predominan las zonas de subducción (donde una placa tectónica se hunde bajo otra y desplaza grandes volúmenes de agua), en Venezuela el contacto entre la placa del Caribe y la placa Suramericana ocurre principalmente mediante fallas transformantes, como la de San Sebastián.
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| Marco Tectónico General del Caribe y el Norte de Suramérica |
En estas fallas el movimiento es, en gran parte, horizontal. A partir de esa diferencia se suele concluir que, si no existe un levantamiento vertical del fondo marino, es imposible que se produzca un tsunami.
Sin embargo, esa explicación deja fuera procesos geológicos bien conocidos que sí pueden generar estos fenómenos en el Caribe venezolano y fuera del mismo, como por ejemplo:
- Las cuencas en transtensión. Aunque las grandes fallas se desplazan lateralmente, sus curvaturas y cambios de dirección generan zonas donde la corteza se estira y se hunde, como ocurre en la Fosa de Cariaco y el Golfo de Paria. En estos sectores existen fallas normales con desplazamientos verticales capaces de mover el fondo marino y generar tsunamis.
- Los deslizamientos submarinos. Un terremoto no necesita elevar directamente el fondo del mar para producir un tsunami. La sacudida puede desestabilizar grandes acumulaciones de sedimentos, provocando derrumbes submarinos que desplazan enormes volúmenes de agua en muy poco tiempo.
El artículo va más allá, al afirmar que el recogimiento del agua después de un terremoto es simplemente un «reacomodo natural». Sin embargo, los protocolos internacionales de gestión del riesgo consideran que un retiro brusco e inusual del mar es una de las principales señales de alerta de un posible tsunami.
Ignorar este fenómeno ha tenido consecuencias fatales en distintos lugares del mundo y existen registros históricos que indican que esto ya ha ocurrido.
En otras palabras, que Venezuela no tenga una tectónica idéntica a la de los grandes países del Pacífico no significa que sea inmune a los tsunamis. Significa, simplemente, que los mecanismos que pueden originarlos son diferentes y requieren ser comprendidos en su propio contexto geológico.
El peligro está frente a nuestras costas
No hace falta mirar al otro lado del mundo para encontrar fuentes capaces de generar tsunamis. Venezuela posee varios sistemas geológicos que, en determinadas circunstancias, pueden producir estos fenómenos muy cerca de nuestras costas.
La interacción entre la placa del Caribe y la placa Suramericana ha dado lugar a un complejo conjunto de fallas, fosas y cañones submarinos que convierten al oriente y al centro del país en las zonas de mayor interés desde el punto de vista tsunamigénico.
Fallas submarinas
La falla de San Sebastián recorre aproximadamente 500 kilómetros frente a la costa centro-norte de Venezuela y constituye uno de los principales límites entre la placa del Caribe y la placa Suramericana. Su desplazamiento, de entre 17 y 20 milímetros por año, permite acomodar el movimiento constante entre ambas placas.
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| Mapa de fallas activas en el margen norte de Venezuela (Audemard et al., 2000) |
A uno de sus segmentos se le atribuye el terremoto de San Narciso de 1900, uno de los eventos sísmicos más importantes registrados en el país. Diversas crónicas describen el retiro repentino del mar en localidades como Macuto, seguido por la llegada de varias olas que afectaron sectores del litoral central. También existen registros históricos de inundaciones en Barcelona, Puerto Tuy y Los Roques, donde algunas estimaciones atribuyen alturas cercanas a los 10 metros.
Otro caso de especial interés es la falla de El Pilar. Su segmento más oriental (VE-13d) discurre bajo el Golfo de Paria y no existen registros de una ruptura importante desde que se tiene registro.
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| Ubicación de los segmentos de la falla El Pilar (Audemard et al., 2000) |
Este prolongado período sin grandes terremotos, conocido como silencio sísmico, ha llevado a distintos investigadores a plantear que el segmento podría estar acumulando deformación. Además, algunos estudios sugieren que el terremoto de Cariaco de 1997 pudo modificar la distribución de esfuerzos en esta zona.
Aunque resulta imposible predecir cuándo volverá a romperse una falla, una eventual ruptura de gran magnitud bajo el Golfo de Paria tendría capacidad para generar un tsunami que afectaría principalmente las costas del estado Sucre, Trinidad y las instalaciones industriales cercanas a Güiria.
Las cuencas en transtensión
Podría pensarse que, si las fallas venezolanas se desplazan principalmente de forma horizontal, el riesgo de tsunami debería ser muy reducido. Sin embargo, la realidad es más compleja.
Las grandes fallas no siguen trayectorias perfectamente rectas. Cuando presentan curvaturas o cambios de dirección, aparecen zonas donde la corteza terrestre se estira y se hunde. Este proceso, conocido como transtensión, ha dado origen a depresiones tectónicas como la Fosa de Cariaco y el Golfo de Paria.
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| Diagrama y cortes transversales que ilustran la formación de una cuenca pull-apart (transtensional) en una zona de falla transcurrente. (Generado con IA) |
En estos sectores se desarrollan fallas normales con desplazamientos verticales del fondo marino. Y precisamente ese movimiento vertical es el mecanismo capaz de desplazar la columna de agua situada encima e iniciar la propagación de un tsunami.
En otras palabras, aunque el sistema tectónico venezolano sea predominantemente transcurrente, determinadas estructuras asociadas sí poseen las condiciones necesarias para generar tsunamis.
El Cañón Submarino del Manzanares
Frente a Cumaná existe otro mecanismo potencialmente tsunamigénico que no depende de una ruptura directa del fondo marino.
El río Manzanares transporta continuamente arenas, limos y arcillas que se depositan cerca de su desembocadura. Sin embargo, esos sedimentos no se acumulan sobre una plataforma costera amplia y poco profunda (como el Unare y el Neverí), sino que forman un cañón submarino que conecta directamente con la Fosa de Cariaco y que coincide con el trazado activo de la falla de El Pilar.
Con el tiempo, los sedimentos forman depósitos inestables sobre las laderas del cañón. Un terremoto puede provocar su colapso, generando grandes deslizamientos submarinos que desplazan enormes volúmenes de agua en muy poco tiempo.
Este tipo de tsunamis locales representa un desafío especialmente importante porque puede alcanzar la costa apenas unos minutos después del terremoto, dejando muy poco margen para emitir alertas oficiales.
Las fuentes históricas describen un escenario compatible con este tipo de fenómeno durante el terremoto del 15 de julio de 1853. Los relatos señalan que el mar retrocedió unos 400 metros en la bahía de Puerto Sucre antes de regresar con una ola estimada entre cinco y seis metros de altura, que penetró tierra adentro por el sector de El Salado y afectó también zonas de Caigüire.
Las crónicas más antiguas también mencionan un comportamiento similar durante el terremoto de 1530, cuando el mar inundó la entonces ciudad de Nueva Córdoba, hoy Cumaná.
La vulnerable posición de Cumaná
El riesgo en Cumaná no depende únicamente de lo que ocurra en el mar. Gran parte de la ciudad está construida sobre un antiguo delta del río Manzanares formado por sedimentos recientes, blandos y saturados de agua.
Este tipo de terreno amplifica las ondas sísmicas y favorece fenómenos como la licuación, en los que el suelo pierde temporalmente su resistencia y comienza a comportarse como un fluido. Por ello, un terremoto importante puede producir daños incluso antes de la llegada de un eventual tsunami.
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| Marco geomorfológico de la ciudad de Cumaná (Beltrán y Rodríguez, 1995) |
A este escenario se suma otro fenómeno documentado históricamente: los deslizamientos cosísmicos. Durante el terremoto de 1853, por ejemplo, diversos testimonios describen cómo el río Manzanares quedó momentáneamente represado antes de liberar nuevamente su caudal con gran fuerza, como consecuencia de la obstrucción del propio cauce.
Cuando el tsunami viene de lejos
No todos los tsunamis se generan cerca de la costa. Algunos pueden originarse a cientos o incluso miles de kilómetros de distancia y recorrer océanos enteros antes de alcanzar tierra firme.
A diferencia de las olas producidas por el viento, un tsunami desplaza toda la columna de agua, desde la superficie hasta el fondo marino. En aguas profundas puede propagarse a velocidades superiores a los 800 km/h, similares a las de un avión comercial, aunque su altura suele ser pequeña y pasa prácticamente inadvertido para los barcos.
La situación cambia al aproximarse a la costa. A medida que disminuye la profundidad, la onda pierde velocidad, pero la energía que transporta se concentra en un volumen menor de agua. Como resultado, la ola aumenta progresivamente de altura y adquiere una capacidad destructiva muy superior a la que tenía mar adentro.
La amenaza transatlántica
La posición geográfica de Venezuela hace que también deban considerarse los llamados teletsunamis, es decir, tsunamis generados muy lejos del lugar donde finalmente producen sus efectos.
Uno de los escenarios más estudiados es la repetición de un terremoto similar al de Lisboa de 1755. Simulaciones internacionales realizadas en ejercicios como CARIBE WAVE indican que un tsunami de estas características tardaría alrededor de doce horas en alcanzar las costas venezolanas.
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| Ejemplo de un mapa de energía de olas desde Lisboa. (Imagen recuperada del EJERCICIO CARIBE WAVE 20 - A Caribbean and Adjacent Regions Tsunami Warning Exercise). |
Aunque un evento de este tipo podría causar daños importantes, ese tiempo de propagación permitiría activar sistemas de alerta, ordenar evacuaciones y reducir considerablemente el riesgo para la población.
Otras fuentes de riesgo en el Caribe
No todas las amenazas proceden del Atlántico. A unos ocho kilómetros al noroeste de la isla de Granada se encuentra el volcán submarino Kick 'em Jenny, uno de los más activos del Caribe oriental. Un tsunami asociado a este volcán no requeriría necesariamente una gran erupción.
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| Ubicación del volcán submarino Kick 'em Jenny (Google Earth) |
El colapso parcial de sus laderas o un deslizamiento submarino de gran magnitud también podría desplazar importantes volúmenes de agua y generar olas dirigidas hacia distintas zonas del Caribe, incluido el oriente venezolano.
Otro escenario estudiado se localiza al norte de Aruba, donde la interacción entre el Bloque de Bonaire y la placa del Caribe ha originado una zona tectónicamente activa.
Diversas simulaciones indican que un terremoto tsunamigénico ocurrido aproximadamente a 100 kilómetros de la isla dejaría a la península de Paraguaná con un margen de apenas 12 minutos antes de la llegada de la primera ola.
Este contraste ilustra uno de los aspectos más importantes en la gestión del riesgo: mientras un tsunami transoceánico puede ofrecer horas para reaccionar, un tsunami generado cerca de la costa puede dejar muy poco tiempo para emitir alertas oficiales.
En estos casos, reconocer las señales naturales (como un terremoto intenso o el retiro repentino del mar) resulta fundamental para iniciar una evacuación inmediata.
Cuando el agua también se mueve tierra adentro
Los efectos de un gran terremoto no siempre se limitan al litoral. En ocasiones, las ondas sísmicas pueden provocar seiches, un fenómeno distinto del tsunami que consiste en la oscilación del agua dentro de bahías, lagos, embalses o incluso algunos ríos. Estas oscilaciones pueden producir corrientes intensas, cambios bruscos del nivel del agua e inundaciones localizadas.
Tras el terremoto de Arica de 1868, por ejemplo, algunos registros históricos atribuyeron erróneamente las alteraciones observadas en varios ríos venezolanos a la llegada de un tsunami procedente del Pacífico.
Sin embargo, la barrera que representa el continente suramericano hace imposible que esa ola alcanzara nuestras costas desde ese océano. La explicación más aceptada es que las intensas ondas sísmicas generaron seiches en distintos cuerpos de agua del país.
Distinguir ambos fenómenos es importante. Un tsunami implica el desplazamiento de una masa de agua desde el mar hacia la costa, mientras que un seiche corresponde a una oscilación del agua provocada por la vibración del terreno. Ambos pueden generar daños, pero su origen y su comportamiento son completamente diferentes.
La excepción a la regla: cuando un gran terremoto no genera un tsunami
No todos los grandes terremotos producen tsunamis. Para que esto ocurra no basta con que el sismo sea muy intenso; también es necesario que desplace de forma significativa el fondo marino o desencadene un gran deslizamiento submarino.
Un buen ejemplo es el terremoto de 1766 (conocido como el Terremoto de Santa Úrsula), considerado el de mayor magnitud documentado en la historia de Venezuela (Mw 7,9). A pesar de su enorme energía, no existen evidencias de que generara un tsunami.
La explicación más aceptada es que el terremoto se produjo a una profundidad aproximada de entre 85 y 100 kilómetros, bajo la península de Paria, asociado a una compleja zona de deformación conocida como STEP (Subduction-Transform Edge Propagator).
Al originarse tan profundamente, la ruptura no desplazó el fondo marino de forma suficiente para generar un tsunami, aunque el terremoto fue lo bastante intenso como para provocar importantes daños en tierra, incluyendo la desaparición de un pequeño islote en el río Orinoco y severas afectaciones hacia la región de Guayana.
Un comportamiento similar se observó durante el terremoto de Yaguaraparo de 2018 (Mw 7,3), otro ejemplo de cómo un sismo de gran magnitud no necesariamente implica un riesgo de tsunami.
Lo que pasó cuando nadie miraba
La ausencia de registros históricos no significa la ausencia de terremotos o tsunamis; simplemente significa que todavía no existía nadie para documentarlos. Entonces, ¿cómo sabemos qué ocurrió mucho antes de que existieran documentos escritos?
La respuesta está en la paleosismología, una disciplina que estudia las huellas que los terremotos y los tsunamis han dejado preservadas en el paisaje.
Para ello, los investigadores excavan calicatas, pequeñas trincheras que permiten observar la sucesión de capas de sedimentos acumuladas a lo largo del tiempo. Cada una de esas capas funciona como una página de la historia geológica del lugar. También se pueden sacar núcleos de sedimentos en lugares donde sea difícil cavar.
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| Recolección de los núcleos en la Laguna Los Patos por parte de investigadores de FUNVISIS. (Fotos tomadas por Frank Audemard y publicadas en Leal at al, 2014). |
Cuando un gran tsunami invade una laguna costera o una planicie cercana al mar, puede depositar arena marina, fragmentos de conchas y corales, restos de organismos oceánicos y otros materiales sobre sedimentos propios de ambientes continentales o de agua dulce.
Estos depósitos, conocidos como tsunamitas, constituyen una de las principales evidencias utilizadas para reconstruir antiguos eventos tsunamigénicos.
Una vez identificadas y datadas mediante diferentes técnicas geocronológicas, estas capas permiten establecer cuándo ocurrieron grandes tsunamis, incluso miles de años antes de que existieran registros históricos.
Una mirada al pasado sísmico
Este tipo de investigaciones también ayuda a comprender mejor el comportamiento de las fallas activas. Por ejemplo, la ausencia de depósitos compatibles con un tsunami asociados al terremoto de 1766 constituye una evidencia adicional de que, pese a su gran magnitud, fue un evento profundo que no produjo un desplazamiento importante del fondo marino. En cambio, los terremotos de 1530 y 1853 sí dejaron indicios coherentes con la generación de tsunamis locales.
En Venezuela, estos estudios se han desarrollado en distintos sectores del litoral, entre ellos la Laguna de Unare (Anzoátegui), la Laguna de Los Patos (Cumaná) y la región de Chacopata, en el estado Sucre.
Gracias a este trabajo es posible extender la memoria sísmica del país mucho más allá de los registros escritos y comprender mejor la frecuencia con la que estos fenómenos han ocurrido a lo largo del tiempo.
El conocimiento es nuestra mejor protección
Decir que Venezuela es un país libre de tsunamis es una idea cómoda, pero errónea. Nuestra historia, nuestra geología y los registros científicos demuestran que las costas venezolanas han experimentado estos fenómenos en el pasado y que existen escenarios capaces de volver a generarlos en el futuro.
Esto no significa vivir con miedo frente al mar. Significa comprender que los terremotos y los tsunamis forman parte de la dinámica natural de nuestro planeta y que la mejor herramienta para reducir sus consecuencias es la preparación.
La ciencia no busca anunciar catástrofes inevitables, sino ayudarnos a tomar mejores decisiones. Conocer nuestras fallas activas, estudiar los eventos del pasado y fortalecer la cultura de prevención permite que una sociedad sea menos vulnerable ante los fenómenos naturales.











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